jueves, 6 de abril de 2023

 

Él pretende la objetividad de la máquina.

La perfección de la racionalización moderna.

No soporta las imperfecciones humanas. Ni siquiera la propia.

A veces, se avergüenza en soledad de su parte humana e imperfecta.

Lo más perfecto de la racionalización es que todo vale.

Todo medio racional sirve

para alcanzar los fines,

aunque los fines sean individuales,

y los medios colectivos.

 

Sin subjetividad,

esos fines, esos medios

no pueden ser ni buenos ni malos para el otro.

Porque no existe el otro.

Sólo la máquina existe. Objetiva. Racional.

¿Eficiente?

¿Desde qué ángulo humano medimos

el impacto feroz de la objetividad de la máquina?

 

La parte humana muere.

Se seca.

Ya no hay agua: ningún sentir la riega.

Ya no hay aire: sin vida, es innecesario.

Nada late.

No hay sentido que trascienda lo personal, lo finito.

No hay magia.

La racionalidad aleja los esfuerzos por alcanzar los imposibles.

¿Para qué?

 

Sin embargo,

la vida late hasta el último aliento.

La vida extiende la agonía

a través de sus latidos, cada vez más leves y espaciados.

 

Racionalmente no podríamos decir

que la vida guarda la esperanza

de ser rescatada de la objetividad de la muerte.

Que en la vida late el sentido, dormido,

y a la espera

de una gota de agua,

de una brisa,

o de un corazón que, sabiéndose racionalmente limitado, lo despierte.

 

Ella rebosa vida.

Es risueña, ridícula.

No le importan las razones ni las racionalidades.

No se deja dominar

por las herramientas de la ciencia.

Las oxida cuando sopla sobre ellas,

cuando llora sobre esa explicación racional que no comprende.

 

Atemoriza.

Porque no cree en la magia. Es magia.

Y el mundo no está preparado para tanto.

Y cuando el mundo racional no entiende, mata.

Entierra a la vida.

La asfixia de razones.

Le arranca todo sentido, y ahí la deja, desprovista de todo.

 

La vida se apaga.

Sus latidos, cada vez más leves y espaciados.

 

Agoniza callada,

esperando que la razón destile una sola gota de locura.

Que, vendados los ojos,

la razón palpite

y descubra

que hay cosas que no pueden explicarse

sin el sentido común que las acerca.

Que uno no puede aislarse eternamente de sí mismo.

Que tanta explicación también entierra

sus propios latidos.

Y que con la muerte de la vida

la razón también muere.