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viernes, 16 de octubre de 2009

Una imagen... ¿Vale más que mil palabras? - Parte 2



De dos cosas estaba segura… No. De tres cosas: La primera: no volvería a mi antiguo y descuidado look sólo porque Fabio Alzamendi no aprobara éste. La segunda: los dos llevábamos una careta, podría decirse social o laboral, pero conocíamos la existencia de esa fachada y lo absolutamente personal que se escondía debajo de ella. La tercera: este hecho nos unía e igualaba en un secreto del que no hacía falta hablar.
Después de ese veintiuno de septiembre me propuse ignorarlo, pero con plan y estrategia. Despechada, herida, rechazada, mi primer objetivo era hacer que él se diera cuenta de su error: yo podía ser formal o informal, chica buena o rebelde, pero la belleza de lo interesante la llevaría siempre bajo cualquier “disfraz social”.
Ignorar con plan y estrategia genera un gran desgaste de energía, pero la recompensa es que en el otro engendra la necesidad de plan y estrategia para reconquistar “lo perdido”.
Él no tartamudeó jamás, pero un impulso desconocido lo transformó en alguien servicial, solícito y enteramente seductor.
Mi gran error fue evaluarlo desde mi óptica, interpretar su mirada desde mis ojos. Porque yo, extravertida, emotiva, inestable, afectuosa, no podía saber que todas estas características pudiera él utilizarlas para camuflarlas a su antojo y transformarse en la imagen que yo necesitaba ver.
Los hombres de este tipo (que ahora llamo T1000, por eso de cambiar de forma según la circunstancia, como el androide de “Terminator 2”), estudian de manera sutil, pero muy hábil el interior de los demás. Y se benefician con ese poder de… empatía… o conocimiento inconsciente de las necesidades y deseos más íntimos del otro.
Hubo oportunidades para descubrirlo, pero lamentablemente, sólo puedo justificarme con la vieja y conocida frase de que “vemos únicamente lo que queremos ver”. Cuando descorremos el velo, ha pasado tanta agua bajo el puente que no recordamos ni siquiera quiénes éramos, y nos alcanza una sensación de desconocimiento de uno mismo, de “falta de imagen en el espejo”, de ser un algo difuso y perteneciente a otro que, a la vez, genera deseos de alejarse, miedo y vergüenza.
El primer indicio fue un llamado. Una tal Sandra. Creí percibir que el rostro de Fabio se endureció cuando mencioné su nombre. Fue un gesto casi imperceptible que duró una fracción de segundo, tensar sus labios y palidecer… Después, nada, su sonrisa de siempre y un “pasame el llamado a mi oficina… si?”
Claro que no le di importancia porque conmigo se comportaba para ese entonces como el hombre más encantador del mundo.
(Continuará)
Roxana Laura Ronquillo

martes, 15 de septiembre de 2009

Una imagen... ¿Vale más que mil palabras?

"¡Cuidado!", me dijo una vez un amigo, "porque todo lo que va, vuelve... Así es la famosa Ley del Boomerang".
Recuerdo que lo miré sonriendo. Muchas cosas se habían ido de mi vida y nunca regresaron...
No obstante, tengo que reconocer que comprendí la famosa "Ley del Boomerang" en una fecha precisa: 21 de septiembre de 2005.
Cuando Fabio Gabriel Alzamendi entró por primera vez a la oficina, mis compañeras callaron de golpe, se frenaron a mitad de lo que estaban haciendo, y durante unos segundos, todo fue "él", todo se redujo a su impecable presencia.
Impecable... no encontré adjetivo que pudiera definirlo mejor. Cada centímetro de su imagen arreglado exactamente como debe ser para causar la mejor impresión.
A mí, no me impactó. Jamás me gustaron los chicos impecables. Los prefiero bohemios, al mejor estilo Cortázar; o rebeldes; o incluso vestidos de un modo muy personal, pero con esa creatividad y dulzura que llega al corazón, y no a la vista... tipo... Alejandro Lerner.
Mi "impecabilidad" también dejaba bastante que desear: los años trabajados en la empresa me otorgaban la libertad de vestirme como se me diera la gana. Mis jefes conocían mi criterio y forma de trabajo, mis clientes también, y eso me permitía ser... yo.
Durante un tiempo lo fastidié con mi actitud, mis bromas, mis burlas. Él sonreía en silencio y continuaba en su tranquilo mundo.
"¡Qué lindo corte de cabello! Es justo para vos", lo lisonjeaba una de mis compañeras. Traidoras. Sólo piropos dirigidos a su persona. Un recién llegado...
"Esa corbata resalta increíblemente el color de tus ojos..."
Con esa voz fingidamente dulce, casi empalagosa...
¿La corbata que resalta el color de los ojos? La estupidez más grande que escuché. ¿De qué color tenía los ojos?
A la primera oportunidad, me acerqué a llevar unos papeles y estudié de frente su mirada. Claros, mezcla de verde con un almendra casi dorado... Seguí con el estudio de su nariz recta y masculina, el mentón pronunciado, los ángulos de su rostro... Y me retiré asustada al llegar a su boca sensual, casi perfecta.
No. A mí no me gustan los perfectos. Si hasta de pequeña, cuando veía dibujos animados, los lindos siempre me resultaron insulsos...
Al día siguiente, frente al espejo de casa, con una sensación inexplicable, extraña en mí, ensayé ponerme una pollera de corte al bies, bastante correcta y femenina. Y cuando él entró a la oficina, sentí deseos de despeinarlo, aunque sólo fuera por verle algo fuera de lugar. El traje, de buena marca, caía suavemente sobre sus hombros y sus brazos delgados, pero firmes. Me propuse adivinar si practicaba algún deporte... Tenis. Seguro. Por su manera de moverse, sobria, elegante, pero distinguida... O golf.
A medida que pasaban los días le fui sumando a la femineidad de mi pollera, una blusa clásica, pero que destacaba mis formas, un peinado recogido, y de pronto, decidí que me hacían falta unos zapatos nuevos y algún labial de esos que realzan la juventud y transforman la boca en promesa...
Mi jefe aprobó mi cambio y bromeó con que "ahora sí, iba por el camino del ascenso".
Fabio Gabriel Alzamendi no dijo ni "ah" de mi nuevo estilo.
Su camisa blanca inmaculada y su seguridad al moverse comenzaron a ponerme incómoda.
"¿Tenis...?, me devolvió la pregunta con una media sonrisa que le desconocía. "No se me hubiera ocurrido... Practico taekwondo..."
Quedé boquiabierta. La primera brecha entre mi percepción y su realidad.
La segunda fue observar cómo se manejaba con sus clientes. Como amigos de toda la vida. Nada formal, nada estudiado, nada del contador eficiente que yo suponía.
Dejé definitivamente de hacerle bromas cuando mi imagen se había vuelto tan impecable como la suya. Comencé a tartamudear cuando mis compañeras ya lo trataban como a un miembro más del equipo, alguien común y corriente. Un impulso desconocido me llevaba a descubrirle una pelusa en el saco, a acercarle unos papeles por una firma impostergable, un cafecito en un día frío...
Siempre parecía a punto de decirme algo, pero un escueto "chau, nos vemos" salía de sus labios... y nada.
Hasta ese día específico. 21 de septiembre de 2005.
- Esperá... -me dijo con su voz suave, y yo con el picaporte de la puerta en mis manos...
Cerré bruscamente y al segundo me puse frente a él...
- "¿No te enojás si te digo algo?
Ahora sí, me dije a mí misma. Ahora sí me dice que lo asombré con el cambio y mi femineidad y mis zapatos nuevos brillando hasta el peinado tan prolijo como el suyo...
Y continuó, a un centímetro de mi nariz:
- Perdoname, no te enojes, pero... Me gustabas más antes. No me gustan las chicas buenas y formales...

ROXANA LAURA RONQUILLO