"Curarse de un trauma se asemeja en muchos sentidos a crear una poesía" (del libro "Este dolor no es mío")
miércoles, 7 de abril de 2010
Con ojos de niño
domingo, 4 de abril de 2010
Mañana será mía
Al verla, me invade una impotencia loca de no poder entrar y hacerla mía a la fuerza. O tomarla, disimuladamente, y llevarla conmigo sin que nadie lo note. Cada día es igual. La necesito, sé que la necesito, pero tanto mandato social acumulado, que hay que ser previsor, que no arriesgues, que después te quedás sin nada y dejás de verla tan bonita y te arrepentís… Esperá, pensalo mejor y… no, no puedo. Regreso cabizbaja, jurándome que al día siguiente voy a hacerlo sin pensar en nada.
Ayer la llamé a Ana para pedirle consejo.
- No lo pienses más… - me dijo con su practicidad de siempre.- Si a los cuarenta no te podés dar un gusto… ¿Cuándo?
Y sí. Tiene razón. A los cuarenta surgen inseguridades. Que el paso del tiempo y ese redondeo cruel de cerrar una etapa de tu vida, ese esfuerzo para mantenerte joven, esas ganas de enamorarte, de hacer una locura como lo hacías a los quince años. Indefectiblemente, necesitás algo externo que te haga sentir bonita, otra vez en el ruedo, pero no sos tan arriesgada como a los quince… Evaluás cada paso antes de darlo. Eso sí: sabés exactamente cuál es tu deseo y cómo conseguirlo. Ya no das vueltas y vueltas mirando opciones. Te decís: ¡es esto!... Pero no…
En esta Argentina donde todos hablan de desarrollo sustentable y nadie sabe qué va a pasar mañana, uno se vuelve cauto, precavido, incapaz de llevar a la práctica todos sus deseos.
Y cada día de este enero terrible, mientras el mundo entero debate sobre el cambio climático, y en Europa la gente muere por el frío, y acá, en Latinoamérica giramos convirtiéndonos en pollos al spiedo por el calor… Cada pequeño aumento de temperatura me guía hasta ella. A la necesidad, a la inaccesibilidad, al deseo, al calor, al 253 en Rivadavia que me deja justo en la esquina de mi imposibilidad.
Como siempre, la miro como un niño suspirando ante un juguete caro. Me avergüenza seguir ahí parada, haciendo nada, contemplándola, en pleno centro de Ramos Mejía.
Disimulo, intentando camuflarme entre el resto de la gente en un rincón oscuro de la galería. Distraídamente, reviso el bolso, mientras pienso, evalúo, estudio los pros y los contras, enfrento necesidades con posibilidades…
¿Y si mañana es tarde? ¿Si alguien se me anticipa y llego y un hueco anuncia su partida?
No habrá ninguna igual, no habrá ninguna, como dice el tango. Me desespera, pero no, no soy tan arriesgada. No, no puedo, no puedo.
La miro, sonriendo, con la seguridad del día siguiente.
Mañana, me prometo.
Mañana esa bikini será mía.
viernes, 12 de marzo de 2010
Soliloquio real o imaginado
Las ventanillas de los colectivos son en mi mundo cosas misteriosas. Como en esos viejos laberintos de espejos, lo único que logro ver a través de ellas es una ridícula o soñada imagen de mí misma, vagando entre un recuerdo y una ilusión a futuro.Sin que los llame, tus ojos llegan volando a pegarse en el vidrio. Y tu boca… tu boca nunca deja solos a tus ojos por demasiado tiempo… Y en un borrón del vidrio comienza a dibujarse tu holograma… Entonces, tu recuerdo se mezcla con el viento y, soplando mi cabello hacia la nuca, me susurra te amos imposibles, jugando misteriosas escondidas. Porque las escondidas son escaparse de los imposibles por un rato, o soñar que no existen, o convertirnos en dioses del Olimpo para inventar el mito del amor que persiste bajo las formas que los dioses le damos.
Y te escondés… en cada rincón, así, en el viento, detrás de alguna puerta, en otros ojos, entre los árboles… Y tu mejor lugar para esconderte es mi peor lugar para encontrarte, porque te llevo tan dentro de mí que no puedo apartarte ni un segundo; cada centímetro de mi cuerpo es una roca en la que buscás cobijo y te quedás a jugar escondidas.
Te llamo, pero no estás. Mañana, me prometo. Ya es mañana y te mando un mensaje, pero estás en la casa de Pablo porque… Lo borro. No estás y punto. Y te echo. Ya no quiero que te escondas en mí. No quiero verte, ni descubrirte, ni presentirte. Te echo bien lejos y detrás de la ventanilla del colectivo comienza a llover.
Te juro que nunca más voy a atenderte. Y que silenciaré el teléfono para no escuchar y tentarme a la respuesta.
Te juro que detrás de las ventanillas sólo veré vidrieras coloridas, pavimentos grises, personas agitadas o semáforos. Que no dejaré que avance tu holograma, ni que tu voz me susurre al oído.
Vas a buscar en todos los lugares conocidos a mi holograma de lágrimas de lluvia. Y no vas a encontrarme. Porque me habré volado con el viento de la ventana abierta.
ROXANA LAURA RONQUILLO
martes, 2 de marzo de 2010
GOLONDRINA

jueves, 28 de enero de 2010
PSICOLOGÍA BARATA Y TACO AGUJA

sábado, 9 de enero de 2010
DESENCUENTROS
viernes, 11 de diciembre de 2009
Gracias y adiós...
