jueves, 28 de enero de 2010

PSICOLOGÍA BARATA Y TACO AGUJA


Estamos las cuatro, mirándonos, en esa mesa de café, a la espera de que sea la otra quien rompa el hielo y comience el viejo cuento de lo que me pasó esta semana.

Dos separadas, una soltera, y una casada con un marido infiel buscando pasar la experiencia de su vida con algún jovencito para pagarle con la misma moneda a su esposo.

La gente entra y sale del café. Nosotras seguimos ahí, como en la vida, paralizadas, la escena congelada en ese viejo lugar tranquilo y acogedor. Tres mesas más allá, hay una ocupada por hombres que no están tan mal. Un par de mesas hacia el otro lado, lo mismo. Mientras los ojos se desvían cada tanto, en la conversación irrumpen los hijos, el trabajo, la Argentina... Todo se mueve alrededor nuestro, menos nosotras que continuamos en nuestra postura. Alejandra, la soltera, encontrará mil defectos en cada hombre que se le cruce, para terminar en la cama de su eterno ex-novio con quien la relación jamás avanzará. Mariela, la casada, que de un día para el otro descubrió las siete maravillas que se estaba perdiendo al lado de un marido mujeriego, vago y mal amante. (¿Que cuáles son las siete maravillas?: Afecto, compañía, buen sexo, respeto, diversión, crecimiento y paz). Karina, la primera en descubrir lo de las siete maravillas y gritar ¡Bastaaaa!. Y yo, Juliana, de separación más reciente, moviéndome como una esquizofrénica de las risas a las lágrimas, y de la rabia huracanada a la más pacífica beatitud...

Cómo fuimos a parar a las sandalias, la comodidad del taco chino, y no, yo prefiero las chatitas, es una incógnita. Un tema que salió para esquivarle al bulto, así, literalmente. No hay peor cosa para cuatro damas que de un día para otro se descubrieron solas, y algo excedidas en edad y en peso, que ver lo que vienen tratando de no ver desde hace años.

De pronto, ella entra al lugar y todas las cabezas masculinas giran en ese sentido.

Unos... veintipico... Escueta minifalda con piernas que lo ameritan. Remerita que cae como brisa sobre su torso bronceado. Lentes oscuros que se quita con un movimiento simpático y sensual, a la vez que esboza una sonrisa al mejor estilo Kolynos.

Se escucha algún piropo, algún silbido, alguna guarangada...

- No hay caso... - dice Karina, mirándole los pies - ...los hombres siguen prefiriendo el taco aguja.


Roxana Laura Ronquillo

sábado, 9 de enero de 2010

DESENCUENTROS

Aquella noche regresó a su casa con los ojos brillando y aquel después te llamo en los oídos.
Se duchó, se acostó atreviéndose a soñar y, al día siguiente, se sorprendió sonriéndole al espejo.
Esperó. Un día que se hizo eterno. Dos días, esperanza. Tres días, ansiedad. Cuatro días, miedo. Cinco días, decepción. Seis días, resignación. El séptimo día, luego de haber llorado lo justo y necesario, maldijo a todos los después te llamo.
El décimo día sonó el teléfono... Ella estaba en el tercer día de otro después te llamo...

Roxana Laura Ronquillo

viernes, 11 de diciembre de 2009

Gracias y adiós...


Perdón, me olvidé el alma entre tu ropa,
el corazón oculto entre tus sábanas.
No me busques ahora como era,
hoy soy cuerpo sin alma.

Mis sentimientos nobles los enredé en tu pelo,
en los botones de tu camisa blanca.
No me pidas piedad,
hoy sólo puedo ser invierno y escarcha.

Aquella noche oscura, a media luz,
deposité en tu boca mi esperanza.
El eco de mi risa se pegó a tus paredes
recién amanecidas, estrenadas,
cansadas de la inercia de tus tiempos
de contornos y sombras agitadas.

Ya no me busques, no, como era entonces...
Me he perdido a mí misma entre tus ganas.
Mi mundo es un pasillo de recuerdos,
un jugar escondidas en tu casa...

Intenté darte todo,
pero en tu extraño mundo
pueden ir de la mano todo y nada.

¿Por qué buscás en mí lo que no tengo?
Te lo entregué aquel día en que no lo esperabas...
Hoy sólo soy nostalgias y silencios...
Gracias, y adiós...
Hoy tu nombre es pasado
y es distancia...

Roxana Laura Ronquillo

miércoles, 25 de noviembre de 2009

SÓLO VOS SABÉS CUÁNTO


Entre mi cuerpo aflora tu sabor agridulce,
laberinto de ayeres sin ansias de futuro.
Después de tu sonrisa, ya nada será igual,
y tu sonrisa
jamás será la misma sin mis labios.
Los presentes se vuelan
y no puedo quejarme de todos los presentes que me diste,
alma de niño, corazón de pájaro.
El olvido no existe,
tan sólo se transforman los recuerdos
que navegan ociosos buscando liberarse.
Mis ritos cotidianos
contienen un fragmento de tus ritos,
y en mis espejos
la soledad no es más que un holograma.
El amor nunca muere,
el amor se recicla, se transforma,
y deshace los nudos que amarran nuestra vida al egoísmo.
Por eso, sólo vos entendés cuando puedo decirte que te quiero.
Por eso, sólo vos sabés cómo.
Por eso, sólo vos sabés cuánto.

Roxana Laura Ronquillo

sábado, 7 de noviembre de 2009

Una imagen... Vale más que mil palabras? - Final

A cinco años de haberlo conocido, soy capaz de preveer el proceso de casi todas sus respuestas, su accionar y su reaccionar.
Ante una pregunta que no desea (o no le conviene) contestar, la primera respuesta de Fabio será tan obvia que generará vergüenza en quien la formuló. Otra posible respuesta será el enojo evasivo y el consiguiente mutismo, hasta que quien pregunta haya silenciado resignadamente.
El accionar conjunto será la burla, la desvalorización, hasta que, quien fue capaz de cuestionar, traslade la duda hacia su propia persona, su valía y su escala de valores.
El re-accionar será: el silencio, la distancia y la simpatía y acercamiento con "el resto", para demostrar a quien preguntó que es un paranoico estúpido, frente a alguien aceptado y querido por los demás.
Sí, es cierto. Parece tan rebuscado que con expresarlo ya me siento una paranoica estúpida, escritora de psicología barata. Por eso, calo casi siempre desde que lo conocí. ¿A quién puedo contarle sin que me crea una loca fabuladora?
Jamás tendré pruebas.
Sandra Belardi no es sólo una novia despechada. Es una persona engañada, estafada... (como yo, tal vez?), a punto de develar un secreto.
Siempre me pegunté por qué los grandes farsantes de la Vida no se esconden en las villas de emergencia, sino tras la fachada de exitosos profesionales. Por qué dejamos al descubierto fácilmente las mentiras de los barrios bajos, mientras las más grandes, viles, planificadas y pensadas mentiras permanece ocultas sin remedio. ¿Será que el fin justifica los medios y en este mundo actual es único fin es el dinero?.
Fabio Gabriel Alzamendi no era un mujeriego, farsante en el amor, como creí al principio. Era un farsante en la Vida.
En ningún papel tiene asentado un domicilio propio. En su DNI, su último domicilio es el mío. Suele alquilar a dueños directos que, en la corriente de seductora simpatía que se genera, no le exigen ni le solicitan demasiado. Cuál es el secreto para ese manejo de la gente, cómo gana tan rápidamete una confianza que traiciona sin culpas, es un interrogante para mí.
Entre un alquiler y otro, entre un trabajo y otro, tiene sus "amistades clave", con quienes sí es, por conveniencia, el más honesto de los hombres (porque actúan como sus "bases de apoyo").
Las mudanzas y cambios constantes lo convierten en un fantasma. Se maneja únicamente con telefonía móvil cuyo chip cambia cuando desea pasar al anonimato durante un tiempo.
Él sabe que yo sé todo esto. Probablemente, hasta sienta regocijo, por ser el mejor estratega y el jugador más hábil. Al fin y al cabo, la sociedad actual valora mucho estas características.
En una de las reuniones de sus "amistades clave" surgió mi primera duda.
Alguien comentó, divertido:
- Y el hijo de perra no terminó de estudiar... Mientras todos nos matábamos estudiando horas y días casi sin dormir, él hacía la suya...
Los demás reían a carcajadas. Era evidente que estaban al tanto y festejaban su situación, divertidos de la "hazaña"...
- Al final, el h.de p. compró el título y casi que está mejor que nosotros...
Risotada general. Fabio me miró incómodo en aquella ocasión. Esperaba mi conformidad y yo sólo pude sonreír. Una pregunta quedó dando vueltas en mí el resto de la noche: ¿Cómo hizo este ser enigmático que dormía a mi lado para pasar de "haber comprado el título" al manejo financiero y contable de las empresas que lo elegían?
En la oficina, dos mujeres sospecharon de actitudes suyas: Andrea Buccietti, ex amiga incondicional mía, que en un principio opinaba que Fabio no me convenía porque me notaba diferente desde que salía con él, y a lo que Fabio se defendía con "... son celos, porque está sola... ¿no ves cómo me "busca"?". (Evidentemente lo encontró, porque ahora son amantes y lo respalda en todo... No porque sea un buen amante, sino porque... ya lo dije: es un gran estratega y el jugador más hábil...)
La otra, Carla López Spina, era su jefa directa, a la que despidieron dos meses después de la incorporación de Fabio a la empresa. Ella, vaya a saber por qué, dejó en sus manos las cuentas de su mejor cliente, Sebastián Porta, dueño de una droguería que funcionaba como lo que en la jerga llaman "tercerista", es decir, elaborando productos para diversos laboratorios, algunos de renombre y otros desconocidos. Ella era su asesora financiera hasta el momento en que la despidieron y, aparentemente, Porta, en lugar de seguirla, tomó a Fabio, que la secundaba, como asesor directo.
Como hacker, Alzamendi no me llega ni a los talones (aunque debo admitir que aprendí estas técnicas como consecuencia de sus acciones en mi vida).
Semanas después, logré ver en la computadora datos de las empresas que él asesoraba. Aproximadamente, el setenta y cinco porciento eran laboratorios terceristas, la mitad de ellos, fusiones momentáneas completamente desconocidas, que manejaban un importante capital. Y tres estaban realizando trabajos específicos encargados por el Ministerio de Salud de la Nación.
En este punto decidí marcharme. Como antes expresé, una espía cierra esa etapa cuando descubre cosas que no desea encontrar y que, evidentemente, la Justicia tampoco.
Después de muchas lágrimas y mucho dolor, comprendí por qué Fabio me eligió a mí: por lo mismo que eligió a Sandra, y a Andrea... no sabemos decirle "no". Somos peones en el juego de ajedrez de su vida. Y él ni siquiera es el rey. Él no es una pieza más del juego. Él es quien está jugando con nosotros. Por eso, debo poner una distancia. Esta tarde, me marcho con un destino que dejaré en blanco. Porque los peones son los primeros que pierden la vida en el ajedrez.
Fabio no es un asesino. Al contrario, él es "socialmente correcto"... mucho más socialmente correcto que yo. Él no hace. Hace que los demás hagan...
Hoy me enteré, a través de los noticieros, que Sandra Belardi apareció muerta en un descampado cercano a su domicilio. El único sospechoso está desaparecido. Fabio sonríe, como siempre, impecable, seductor, en el cómodo sillón de su oficina...

Roxana Laura Ronquillo

jueves, 29 de octubre de 2009

Una imagen... ¿Vale más que mil palabras? - Parte 3

(tercera entrega... el siguiente post será el final)
DESDE LA VENTANA…

-Una ex novia –me respondió, restándole importancia (o intentando que yo lo hiciera), después del quinto llamado de Sandra, y cuando al fin me animé a preguntar sin rodeos.
-Yo soy así, las vuelvo locas… -finalizó el tema con esa sonrisa seductora y un brillo burlón en la mirada.
- A todas las tontas que no tienen algo más interesante en su vida –lo corté secamente, a la medida exacta de mis celos.
Él rió, se paró frente a mí y me abrazó. Su voz se volvió muy suave, y sentí su aliento susurrando muy cerca de mi oído...
- ¿Estás celosa?
- Yo no soy celosa –mentí, intentando zafarme del abrazo porque… era el último retazo de cordura, voluntad y lógica que me quedaba.
Mirando mis labios con el mismo deseo que yo observaba los suyos, se acercó más y me besó, larga y apasionadamente.
No me pregunten cómo fue el desarrollo de los acontecimientos, pero lo cierto es que al tiempo (y ni siquiera un “tiempo prudencial”), mi corazón latía desaforado, locamente enamorado de Fabio, que también estaba “enamoradísimo” de mí.
Como ya dije, el amor es ciego. Entonces no vi ninguna de las señales que hoy veo, por la falta de amor.
En un comienzo, sonaba razonable que la nuestra fuera una “relación clandestina”, para evitar que se convirtiera un obstáculo en el trabajo. Quienes sospecharon algo dentro de la oficina, mantuvieron el silencio como un código de honor.
Era viernes. El último viernes de un noviembre caluroso y húmedo. Todos deseábamos escapar a cualquier lugar fuera de esas cuatro paredes asfixiantes, cargadas de estrés. Fabio se despidió y salió quince minutos antes de que yo, casi sin quererlo, me asomara por la ventana.
En las relaciones clandestinas, uno termina (o comienza?) por espiar, porque pierde el derecho de preguntar.
Detrás de las cortinas la vi, esperando en la vereda. Apagué algunas luces y volví a pegarme a la ventana, esta vez, en forma absolutamente intencional. Fabio gritaba, visiblemente irritado. No conocía ese costado casi violento de su personalidad. Las palabras no se escuchaban claramente, pero las voces se elevaban cada vez más. Ella lo señalaba gritándole “basura”. Llegué a verlo empujando su hombro con fuerza, mientras ella, al tiempo que casi perdía el equilibrio, giraba para irse.
Él intentó tomarla de un brazo, pero ella, soltándose bruscamente, se alejó.
Silencio total. Imaginé mi rostro desencajado, intentando encontrar respuestas. El rostro de Fabio, impávido. En minutos, la oficina y sus alrededores morían en manos de la noche. En minutos, la discusión, la chica de la vereda y mi enamorado, se esfumaron, cada uno por su lado.
Quisiera justificar mis comienzos como espía diciendo que fue por amor, pero no, eso no es amor, es una desesperada búsqueda de respuestas a través de métodos que me avergüenzan de mí misma: revolviendo papeles, revisando a escondidas, y oscilando entre el amor y el odio a ese ser que había roto los cimientos de mi vida desde que lo conocí.
Una espía comienza con la punta del ovillo, y finaliza cuando descubre cosas que no desea encontrar.
La chica de la vereda era Sandra… Sandra Belardi, la ex… Pero ese descubrimiento sólo fue un comienzo…

Roxana Laura Ronquillo

viernes, 16 de octubre de 2009

Una imagen... ¿Vale más que mil palabras? - Parte 2



De dos cosas estaba segura… No. De tres cosas: La primera: no volvería a mi antiguo y descuidado look sólo porque Fabio Alzamendi no aprobara éste. La segunda: los dos llevábamos una careta, podría decirse social o laboral, pero conocíamos la existencia de esa fachada y lo absolutamente personal que se escondía debajo de ella. La tercera: este hecho nos unía e igualaba en un secreto del que no hacía falta hablar.
Después de ese veintiuno de septiembre me propuse ignorarlo, pero con plan y estrategia. Despechada, herida, rechazada, mi primer objetivo era hacer que él se diera cuenta de su error: yo podía ser formal o informal, chica buena o rebelde, pero la belleza de lo interesante la llevaría siempre bajo cualquier “disfraz social”.
Ignorar con plan y estrategia genera un gran desgaste de energía, pero la recompensa es que en el otro engendra la necesidad de plan y estrategia para reconquistar “lo perdido”.
Él no tartamudeó jamás, pero un impulso desconocido lo transformó en alguien servicial, solícito y enteramente seductor.
Mi gran error fue evaluarlo desde mi óptica, interpretar su mirada desde mis ojos. Porque yo, extravertida, emotiva, inestable, afectuosa, no podía saber que todas estas características pudiera él utilizarlas para camuflarlas a su antojo y transformarse en la imagen que yo necesitaba ver.
Los hombres de este tipo (que ahora llamo T1000, por eso de cambiar de forma según la circunstancia, como el androide de “Terminator 2”), estudian de manera sutil, pero muy hábil el interior de los demás. Y se benefician con ese poder de… empatía… o conocimiento inconsciente de las necesidades y deseos más íntimos del otro.
Hubo oportunidades para descubrirlo, pero lamentablemente, sólo puedo justificarme con la vieja y conocida frase de que “vemos únicamente lo que queremos ver”. Cuando descorremos el velo, ha pasado tanta agua bajo el puente que no recordamos ni siquiera quiénes éramos, y nos alcanza una sensación de desconocimiento de uno mismo, de “falta de imagen en el espejo”, de ser un algo difuso y perteneciente a otro que, a la vez, genera deseos de alejarse, miedo y vergüenza.
El primer indicio fue un llamado. Una tal Sandra. Creí percibir que el rostro de Fabio se endureció cuando mencioné su nombre. Fue un gesto casi imperceptible que duró una fracción de segundo, tensar sus labios y palidecer… Después, nada, su sonrisa de siempre y un “pasame el llamado a mi oficina… si?”
Claro que no le di importancia porque conmigo se comportaba para ese entonces como el hombre más encantador del mundo.
(Continuará)
Roxana Laura Ronquillo