jueves, 14 de agosto de 2008

LA CONQUISTA


LA CONQUISTA
(o la sombra de lo inalcanzable)


Desde un balcón cualquiera de un altísimo edificio con pretensiones de escalera al cielo, él la contempla fascinado. Ella despliega su andar luminoso abriéndose paso entre la oscuridad inmensa.
La noche se transforma en ritual encendido con un toque de magia y de misterio.
Él es resolutivo, práctico… No concibe distancias imprecisas. Su brillo inalcanzable lo maravilla y a la vez lo lastima. Y pone sus sentidos y su lógica al servicio de la conquista.
El primer paso es alcanzar su lejanía. Fabrica para ello una nave de caricias que lo guiará hasta su suelo. Un traje de muñeco y una máscara extraña mantienen su persona al resguardo de las diferencias, de la inseguridad de lo desconocido. Logra finalmente alcanzarla (¿o sólo es el comienzo…?) y se siente exultante (vaya uno a saber si por tenerla cerca o por haber logrado su objetivo). Fija en ella su bandera para que los demás la sepan de su propiedad… e imagina las mil fotografías que lo mostrarán al mundo como héroe (al único y pequeño mundo que él conoce).
Poco a poco la emoción va dejando paso a la razón. Su ojo enamorado comienza a verla con el ojo crítico y despiadado del lente de la cámara: su luz plateada es sólo el reflejo de un brillo ajeno. Cráteres profundos surcan su piel reseca e inerte. Su lado oscuro lo llena de temores, aunque también él posea su propio lado oscuro. Se desvanece en su mente la imagen de héroe. Se ve absurdo e incómodo con su traje y su máscara. Se desvanecen igualmente el misterio y la magia. No es posible la vida que él conoce entre la sequía áspera de su cuerpo de roca. Sin máscara su proximidad lo agobia, lo asfixia.
Y decide regresar a su balcón cualquiera a continuar observando las vetas de la noche. Él guarda, como toda su especie, algo de la inmensidad de ese cielo infinito… Pero, temeroso de perderse en las profundidades de sí mismo, busca horizontes cada vez más lejanos y resplandecientes: una estrella inaccesible es ahora foco de su mirada. Al igual que la Tierra, la Luna es sólo una conquista más que queda en su pasado.
En ese mismo cielo, que se torna más oscuro y profundo a medida que el tiempo avanza, la Luna continúa con su andar solitario a la espera del conquistador inconquistable.
Hay noches en que la esperanza ilumina más que nunca su faz de espejo.
Otras, un velo opaco la rodea, anunciando sus lágrimas de lluvia.
Y otras, las del recuerdo, se va empequeñeciendo hasta desaparecer, oculta en su tristeza…
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