domingo, 4 de abril de 2010

Mañana será mía

Desde que empezó el verano que todos los días es lo mismo: cierro la puerta en el trabajo y comienzo a imaginarla con la anticipación suficiente como para llegar apresurada a la cita de las 14 hs. ¡Bah…! ¡Cita…! Ella me atrae sólo con su recuerdo y yo voy embelesada a contemplarla. Paso, únicamente para comprobar que sigue ahí, esperándome.

Al verla, me invade una impotencia loca de no poder entrar y hacerla mía a la fuerza. O tomarla, disimuladamente, y llevarla conmigo sin que nadie lo note. Cada día es igual. La necesito, sé que la necesito, pero tanto mandato social acumulado, que hay que ser previsor, que no arriesgues, que después te quedás sin nada y dejás de verla tan bonita y te arrepentís… Esperá, pensalo mejor y… no, no puedo. Regreso cabizbaja, jurándome que al día siguiente voy a hacerlo sin pensar en nada.

Ayer la llamé a Ana para pedirle consejo.

- No lo pienses más… - me dijo con su practicidad de siempre.- Si a los cuarenta no te podés dar un gusto… ¿Cuándo?

Y sí. Tiene razón. A los cuarenta surgen inseguridades. Que el paso del tiempo y ese redondeo cruel de cerrar una etapa de tu vida, ese esfuerzo para mantenerte joven, esas ganas de enamorarte, de hacer una locura como lo hacías a los quince años. Indefectiblemente, necesitás algo externo que te haga sentir bonita, otra vez en el ruedo, pero no sos tan arriesgada como a los quince… Evaluás cada paso antes de darlo. Eso sí: sabés exactamente cuál es tu deseo y cómo conseguirlo. Ya no das vueltas y vueltas mirando opciones. Te decís: ¡es esto!... Pero no…

En esta Argentina donde todos hablan de desarrollo sustentable y nadie sabe qué va a pasar mañana, uno se vuelve cauto, precavido, incapaz de llevar a la práctica todos sus deseos.

Y cada día de este enero terrible, mientras el mundo entero debate sobre el cambio climático, y en Europa la gente muere por el frío, y acá, en Latinoamérica giramos convirtiéndonos en pollos al spiedo por el calor… Cada pequeño aumento de temperatura me guía hasta ella. A la necesidad, a la inaccesibilidad, al deseo, al calor, al 253 en Rivadavia que me deja justo en la esquina de mi imposibilidad.

Como siempre, la miro como un niño suspirando ante un juguete caro. Me avergüenza seguir ahí parada, haciendo nada, contemplándola, en pleno centro de Ramos Mejía.

Disimulo, intentando camuflarme entre el resto de la gente en un rincón oscuro de la galería. Distraídamente, reviso el bolso, mientras pienso, evalúo, estudio los pros y los contras, enfrento necesidades con posibilidades…

¿Y si mañana es tarde? ¿Si alguien se me anticipa y llego y un hueco anuncia su partida?

No habrá ninguna igual, no habrá ninguna, como dice el tango. Me desespera, pero no, no soy tan arriesgada. No, no puedo, no puedo.

La miro, sonriendo, con la seguridad del día siguiente.

Mañana, me prometo.

Mañana esa bikini será mía.

ROXANA LAURA RONQUILLO

15/01/2010


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