lunes, 20 de diciembre de 2010

De lo que no...


Luz de luna y el puente y el camino que te acerca a mis brazos. Noche oscura. No existe otro destino que tu cuerpo. Alejamos las sombras por un rato y radiantes de amor nos olvidamos del tiempo para ser pasajeros de ese camino que gira en esa noche y se niega a volver sobre sus pasos.
Luz de luna y nos vamos, jugándole escondidas a la sombra de lo que no es posible.

ROXANA LAURA RONQUILLO


martes, 30 de noviembre de 2010



Te di todas las noches del tiempo que me falta.
Te di todas mis ruinas y todos mis palacios
y no escatimé nada.
Te confesé mis miedos, mis sueños, mis locuras.
Siempre escapando de mis crueles razones
agobié tus espacios con mis formas
y para que no olvides este momento nuestro
dejé como recuerdo
el mal de mi perfume entre tus sábanas.
Te di las maravillas que soñaste
y te exigí lo mismo, equivocada.
Porque así como la luna se acerca
en cada noche
se va al llegar el día...
Así también te fuiste
(sin penas y sin glorias)
y me quedé sin nada.
Abusé de las voces para gritarle al viento
que era tuya la culpa de mi corazón-lágrima...
Y el viento sólo trajo
el eco solitario de mi voz,
la ausencia de respuestas,
el espejismo vago de tus brazos
y la esperanza vana del reencuentro.
Te fuiste, así, como se van los soles al crepúsculo.
No me dejaste encender ninguna lámpara
que sueñe tu regreso.
Y hoy que tus ojos llenos de promesas
se internan buscando algo en mi mirada...
Hoy no me tengo a mí para ofrecerte
el tablero del juego del mañana.
Hoy no tengo preguntas para hacerte
y se secó mi mundo ya de lágrimas.
Hoy convertí tu cuerpo
en una sombra más...
otro habitante
de mi perdida tierra de fantasmas.

ROXANA LAURA RONQUILLO

sábado, 20 de noviembre de 2010

Yo nací un mediodía, alunada y cambiante,
con la lágrima fácil y una fe decidida,
la mirada hacia adentro, la sonrisa encendida,
el alma al descubierto y el paso desafiante.

Yo llegué poseedora de un montón de defectos,
defensora vehemente de las causas perdidas,
la caprichosa búsqueda de un sentido a la vida
para enfrentar la sombra del miedo por la muerte.

Descubrí que el silencio puede ser diferente
en la cálida risa de las voces presentes
o en la tristeza pálida de las voces dormidas

Detrás de los olvidos y las cosas pendientes
descubrí la palabra, en mi tierra, simiente,
y me dormí acunada por tus brazos-poesía.

ROXANA LAURA RONQUILLO

lunes, 20 de septiembre de 2010

(Puedo ser muy creativa o increíblemente obvia... Eso también es parte de mí... Así que... si es el Día de la Primavera... escribamos sobre la Primavera... jajaja...)



Junto a mi primavera
tu nombre se desliza
suave, dulcemente
los labios tibios,
sonrosada la piel de adolescencia
y la esperanza amor,
los cuerpos recostados sobre el césped,
de cara al cielo
tan interminable
como los días o el correr del tiempo
a los quince años...
Tan infinito
como aquel parque Roca
sin límites,
sin condicionamientos,
sin finales...

Roxana Laura Ronquillo

domingo, 15 de agosto de 2010


Anclados por ahí,
entre tantos rincones,
palpitan los recuerdos
que me mantienen viva,
aferrada a tus manos,
tus palabras, tus besos,
abrazada al fantasma
de tu amor imposible...

Te quiero, gitano...

ROXANA LAURA RONQUILLO

domingo, 18 de julio de 2010

Todo regresa...



La casa de la infancia
siempre esconde
laberintos ocultos,
siempre guarda
tesoros escondidos,
y rescata,
entre los pliegues de este disfraz de adulto,
las memorias de aquel niño que fuimos.

La casa de la infancia…
Ese calor de manos conocidas…
Ese aroma a nostalgia,
a espacios grandes pero siempre llenos…
Ese cómo te fue
que nos espera,
el hacer caballito
en el regazo de un tiempo que no vuelve,
la voz dormida
en ese cuento que aguarda ser leído,
aquel adiós
que no dijimos nunca,
y que nunca diremos,
porque todo retorna:
los amigos,
los sueños,
el crepitar del leño
en medio de este fuego que es la vida,
la quietud de las tardes,
la siesta,
las veredas,
el clip clap del caballo del que vende las sillas,
el guardapolvo blanco,
las canciones,
todo…
Todo regresa.

ROXANA LAURA RONQUILLO
16 de julio de 2010

miércoles, 23 de junio de 2010

VACÍO...



Julián se tiró en la cama y fijó su vista en el techo.
La recordaba sobre él. Su tibieza... Las curvas de su cuerpo, que tantas veces recorrió maravillado por su fragilidad y su fuerza...
¿Por qué no le sacó ninguna foto? ¿Por qué no la obligó a dejarse explorar por la cámara para guardar su imagen tan vívida como entonces, y poder contemplarla ahora, que sobre él sólo estaba el vacío?
Toda la casa era un gran recuerdo, una gran fotografía suya. Ella sonriendo, buscándolo, besándolo, vistiéndose. Ella, pura luz en su sonrisa, y sombra sigilosa y sensual en la penumbra de su amor escondido.
¿Por qué no le dijo que la amaba? ¿Por qué no la retuvo al despedirse? ¿Por qué le duele tanto el hueco que dejó su cintura entre sus manos?
¿Por qué no quiso atarse para siempre a su cuerpo, y ahora se moría atándose para siempre a su sombra?
Sus manos de rey Midas convertían en ella todo lo que tocaba. Hasta lo más trivial, lo más pequeño, le mostraba la helada tristeza de su falta.
¿Por qué ese miedo a pedirle "no te vayas" y ahora el miedo atroz de saberse tan solo, tan sin ella, tan silencio, tan nada?
¿Y por qué no se animó a decirle cuando aún estaba a tiempo, que lo suyo no era egoísmo sino miedo?
Julián vagó por la casa como suelen hacerlo los fantasmas que buscan un hálito de vida, dónde aferrarse para sentirse vivos.
Dio mil vueltas, sabiendo que ya no habría preguntas y ya no habría respuestas... que esta vez, por no sentirse así, desnudo, vulnerable, por temor a perderse si se entregaba con la fuerza con que lo sentía, por no dejar que ella lo guiara a través de las oscuridades de su propio interior... por el miedo a perder si se jugaba... al final... esta vez... había perdido.

ROXANA LAURA RONQUILLO

sábado, 22 de mayo de 2010

MÁS ALLÁ...

(Y bué... yo también me sumé a "la onda bicentenario"... Ahí va el relato)


Conozco cada pequeño rincón de la casa. Cada escondite secreto, sus sonidos, las luces y todas sus oscuridades...
Conozco ese movimiento en la cocina. Invitados. Cuando hay invitados, las voces van y vienen, agitadas. Las sartenes golpean y hasta el agua de las cacerolas parece protestar desde su hervor.
En los días tranquilos, las ollas y sartenes golpean suave, rítmicamente, como las manos de los negros sobre los tambores. El aire vibra en los días tranquilos. Las voces suenan como cantos de misa, y ríen, porque cada segundo es suyo.
Hoy sí, hay invitados. Hay unas manos deshuesando el pollo, apresuradas, y ese aroma a cebolla para muchos.
Todo está encendido, hasta las mejillas de mi negra se encienden como el fuego.
Hasta a mí, acostumbrada a mi eterno frío, me llega aquella calidez de la cocina.
Y mi negra se enoja porque los días de invitados todo se empeña en querer salir mal, pero ella lo resuelve; manda, dirige y hace, en aquella, su propia, reducida gobernación de la inmensa cocina.
Entonces, el José trae las verduras y las mejillas de mi negra se encienden diferente. Sonríe, y sus dientes brillan, y sus ojos brillan, y todo en ella se transforma en un resplandor de sol al mediodía.
Hay poco tiempo... La sombra de José se pierde entre los tilos, a lo lejos. Ya todo suena solo y baila solo, un aroma dulce envuelve los sentidos, mientras se forma la rueda.
El aire es ahora risas y chimentos, y consejos, y blancura de enaguas ya sin prisas.
La negra cuenta... Cuenta de amores de generales y damas, de batallas terribles, de esa niña que se internó en un convento porque la querían casar con un general más viejo que el tiempo...
Me acerco a la rueda. Ya no tengo que espiar tras las cortinas. Ya no me llaman para prepararme porque los invitados...
La negra me presiente, pero calla mi historia porque mi historia es triste y nunca hay que estar triste en la cocina.
Los perros ladran más allá del portón de la entrada... Comienzan a llegar...
Voy a espiar, a ver quién es el primero. Voy a volar con las hojas doradas de los paraísos, mientras las negras prueban, a escondidas, los manjares prohibidos.
Ya llegan pero nadie me pide que me comporte como una señorita.
Una vez, les grité que cuando comenzaba su reunión aburrida, la verdadera fiesta había terminado.
La negra se rió mucho en la cocina, en el resto de la casa todos hablaron de "la niña rebelde" y me prohibieron hablar en las siguientes reuniones. Pero no me importó. Yo ya había dicho lo que quería decir.
Ahora no hablo, ni me río, ni siquiera soy la niña rebelde.
Todos llegaron. Yo debo irme. Más allá no existen estas reuniones. Más allá uno pertenece a todas las cosas y todas las cosas pertenecen a uno.
Sólo mi negra nota que me voy. Que regreso a mi tierra de fantasmas...

ROXANA LAURA RONQUILLO

lunes, 10 de mayo de 2010

Ya nada...


Ya no nos queda, amor,
más que la piel sedienta, desgarrada,
el desierto reseco dejado por las lágrimas,
los besos, los soles de caricias,
cuando después de todo
nada queda, amor, ya nada...

Ya he visto los confines de tus ojos
he vencido los muros solitarios
de los que te rodeas,
los fosos del castillo de tu vida,
tus fortines callados,
comodidad o miedo...

Ya has saltado al vacío
de la promesa eterna
oculta en mis abrazos
y has caído, alguna vez,
como todos caemos...
(igual que tu caída fue la mía)

Ya intentaste un lugar entre mis cielos,
pero mis cielos tienen
algunas nubes negras de tormentas...
¿Nos dimos por vencidos
o nos venció la vida?
¿"Tiramos la toalla" antes de tiempo?
¿O evitamos aquel knock out final
de la tristeza de las despedidas?

Ya lo intentamos todo...
¿Por qué tendría que cambiar de pronto
el mismo cruel destino que nos une,
la agonía de estar y de no estar,
y quemarnos en fuegos de un infierno
que no sabe de días o de noches,
de ruegos o silencios,
o de resignaciones que no pueden borrar
lo inolvidable?

Quiero por fin sacarme la armadura
de guerrera imbatible...
Sentir, ya mismo y de una vez por todas,
que no soy la incansable luchadora
de causas imposibles...
Enfrentarme a mis miedos cara a cara
y seguir adelante, sin cuestionar las reglas de este juego.

Quisiera que guardaras
tu espada victoriosa de conquistas,
tu escudo protector de sentimientos,
y abrieras ese cofre de tesoros ocultos,
los mapas de mis tierras,
la brújula del tiempo compartido...

Quisiera tantas cosas
antes de despedirme...
antes de que callemos para siempre...
un solo último encuentro...
Pero ya no,
que pena, amor,
ya no nos queda nada...

ROXANA LAURA RONQUILLO

lunes, 3 de mayo de 2010

De "EL LIBRO DE LAS SOMBRAS"


FEDE: PEQUEÑAS SOMBRITAS

(… o un cuento de niños para adultos… o una disculpa de adultos para niños…)


El Jardín Maternal era una rutina colorida y alegre en la vida de Federico. La curiosidad y el afán por aprender parecían innatos en él. En realidad, tanto como en la mayoría de los niños pequeños, sólo que mientras algunos observaban tímidamente, con una mezcla entre intriga y temor, él probaba, desarmaba, investigaba e intentaba volver a armar. Algo que a sus dos años no conseguía, por lo que todos sus autitos permanecían frecuentemente en su caja de mecánico a la espera de ser arreglados.

Además, Federico disfrutaba experimentando. En sus remeras asomaban soles de pintura que ni el mejor quitamanchas lograba quitar. Y la costurera amiga de la familia se aseguraba trabajo por un buen tiempo sólo con las rodillas de sus pantalones o los cierres de sus camperas. Para Fede, la vida era un experimento divertido.

Fue durante un verano, con sus cortos cinco años, que tuvo su primer aprendizaje a través de la tristeza: su mascota no era un peluche, y todos los seres vivos, un día mueren. Quizás este hecho le abrió la puerta al mundo adulto y, al final del mismo verano, llegó su primer día en la Escuela Primaria.

Lo que no imaginó fue que su querido arenero sería reemplazado por un patio frío de grandes baldosones. Aunque buscó, tampoco encontró trepadoras por ningún lado. Y al mes, ya podía reconocer perfectamente la voz aguda de cada maestra de turno, transmitiendo el mismo mensaje:

- ¡¡En el recreo no se corrrreeeee!!

Y no hubieran tenido mucho tiempo para correr en los escasos minutos del recreo porque entre la fila interminable para ir al baño a hacer pis, y la fila del kiosco en la que siempre se colaban los de 3er.grado, el tiempo se perdía vaya a saber dónde.

Los rincones de Arte, de Dramatizaciones, de Ciencias y de Pensar, no existían porque parece que los grandes, para pensar, ubican los bancos en fila, y para jugar, correr y saltar, hay una hora de Educación Física por semana en la que las ganas se desparraman y el profe no puede ordenar la clase ni con su silbato, pero peor la profe de las nenas, que en vez de silbato usa sus gritos…

Cuando llegó a segundo grado, su mamá había probado todas las recetas de puesta de límites que directora, docentes y terapeutas aconsejaron a lo largo del año de reuniones. Sobrecargada de tanto conocimiento que nunca le dio resultado, comenzó a esquivar las reuniones de padres con la astucia y diplomacia de un político.

En tercer grado, Fede comprendió el significado de la palabra “reiterativa”. La “seño” Andrea era una seño “reiterativa”: ferviente admiradora del manual, comenzaba su clase abriéndolo en la página 2. Convencida de la importancia de la lectura, leían la página 2. Para repasar los conocimientos adquiridos, hacían las dos primeras actividades de la página 3 (en casa, para fijar dichos conocimientos harían las dos últimas). Y, como el orden era muuuuuyyy importante, al día siguiente, abrirían el manual en la página 4. Día tras día. Área tras área.

Ante tanta regla (que consideraba absurda) y tanta rutina adulta (que no comprendía), Federico decidió que no quería crecer más. A mayor exigencia para que actuara como “un chico grande”, mayores ganas de armar un “pequeño berrinche”.

Nadie le preguntaba qué le pasaba, ni qué sentía, porque, aparentemente, todos estaban preocupados por algo llamado “inseguridad”, que invadía las calles. Él escuchó cuando una vecina le aconsejó a su mamá que tuvieran cuidado en la plaza porque al hijo de una amiga de otra vecina le quisieron robar la bici. Y su papá vio en el noticiero que la inseguridad aumentaba. Por eso, en la plaza tenía que cuidarse y andar despacito, bien cerca de su papá.

Como en la escuela no podía correr, en la plaza tampoco, ni salir a la calle, aumentó sus saltos y corridas en un lugar seguro: el living de su casa.

Papá y mamá pusieron el grito en el cielo, hasta que lo conversaron con la mamá de Tomás. Ella los tranquilizó explicando con términos médicos (aunque de medicina nada, porque ella era vendedora de electrodomésticos) que había descubierto que Tomás era hiperactivo, y que desde que lo medicaba se volvió más concentrado y atento.

Fede tampoco comprendió demasiado, pero le pareció que esto tenía que ver con la pastillita que tomaba su amigo con la seño de Doble Escolaridad. Y como a él los remedios no le gustaban, hizo todo lo posible por amoldarse a las expectativas de los adultos (o más sencillamente, lo que ellos llamaban “portarse bien”).

Casi, casi llegando otra vez las vacaciones, su papá, su mamá, la seño, y la psicóloga social se reunieron. Él los espiaba por un huequito de la ventana mientras el profe de Educación Física lo llamaba a cada rato para que volviera a jugar.

Por suerte, luego de un largo rato, todos salieron sonriendo y ya más aliviados: habían llegado a la conclusión de que la verdadera culpable de la situación no era la escuela, ni la familia, ni tampoco Fede, pobre víctima de la sociedad… La verdadera culpable… ¡Era la televisión!

martes, 27 de abril de 2010

De "EL LIBRO DE LAS SOMBRAS"




SECRETOS
(No vale la pena el esfuerzo de morir por un secreto...)

Hay sombras que elegimos llevar nosotros mismos. Mochilas de la vida. Las escondemos en el lugar más inaccesible de nuestro ser. Y jamás nos permitimos llamarlas por sus nombres: les decimos, simplemente, "secretos".
Ellas quieren ser libres. Nosotros buscamos ocultarlas. Dentro de nuestro cuerpo se libra la batalla más nociva: hablar o callar. Con todo lo que ello implica. Los temores se asoman. Los secretos se arraigan en lo más profundo. Mientras, sus ramificaciones luchan por salir a la luz.
Mi primo Horacio ocupaba un rol de hermano en mi vida. Hijo único. Yo también. Casi la misma edad (con una diferencia de meses). Por eso, cuando a la tía Juana, su madre, le diagnosticaron un tumor inoperable en el cerebro fui como una hija postiza que la acompañaba en sus tardes solitarias.
A veces, murmuraba frases inconexas acerca de un hijo... de un padre... No supuse que ese balbuceo sin forma fuera algo que la atormentaba. Pensé, más bien, que era el resultado del mal funcionamiento de sus pensamientos perdidos.
- ¿Qué otra cosa podía hacer...? Él no lo sabe... nunca pude decirle... -susurraba en un murmullo triste.
Y a veces se quedaba muy quieta, muy callada, las lágrimas naciendo en sus ojos azules, cristalinos, y rodando, tristes diamantes, por sus pálidas mejillas.
- Si en algún momento él pregunta, vos tenés que saber la verdad - me decía, y sus ojos buscaban, suplicantes, los míos - Él es su hijo... ¿Viste cómo se le parece...?
Yo pensaba: "¿Qué verdad? ¿Qué hijo? ¿A quién se parece?", pero asentía, sumisa, porque repitiendo que sí, que no se preocupara, nacía en ella una paz, una serenidad que ni siquiera los tranquilizantes le brindaban.
Cuando logré por fin comprender sus palabras, la verdad quedó ante mí, blanca y extraña, como un viejo y conocido fantasma: Un día, clavó el cielo de sus ojos en mis ojos oscuros, me tomó de un brazo con una fuerza que le desconocía y, suavemente, casi sin esfuerzo, el secreto voló de sus labios:
-Yo soy estéril... Nunca pude tener hijos...
Como fichas de dominó, sus frases fueron cayendo en mi cabeza y tomaron forma y sentido: ella era estéril, él era su hijo (y ese su se refería a mi tío, por eso... tan parecidos...), nunca supo la verdad (Horacio no la supo... yo... ya la sabía...)
El alma de la tía me dejó su mochila, extendió sus alas y voló a refugiarse en el alma del mundo.
Finalmente, ella decidió no llevarse el secreto a la tumba porque comprendió que fue el secreto quien la había llevado a la tumba a ella... Tantos años de silencio... Tanto esfuerzo por ocultarlo...
Miré a mi primo Horacio, su imagen triste, desconsolada... Y decidí dejar volar el secreto para que nunca nadie tuviera que cargar con él: no había motivos para guardarlo, ni tampoco para decirlo: a mi juicio, la tia Juana había sido, durante cincuenta años, su verdadera madre...

ROXANA LAURA RONQUILLO

jueves, 15 de abril de 2010

Capítulo 34 de "El diario de Marga" (novela en elaboración)

DESPUÉS… QUIÉN SABRÁ QUÉ HAY DESPUÉS

- No, Fabián. No puedo hacer esto…

Su respuesta, un murmullo suave, pero tan seguro, tan firme, tan de hombre, suena aún como un eco en mi cabeza:

- Yo prefiero extrañar algo que tuve y perdí, y no vivir extrañando algo que nunca tuve… Sos tan hermosa...

“¿Hasta qué punto soy capaz de arriesgarme?”, recuerdo que pensé, “¿Hasta dónde soy capaz de llegar? ¿Y después… qué?”. Siempre pensando en el pasado o en el después, siempre. Es algo que no puedo evitar.

- ¡No, Fabián! ¿Qué puedo darte, después?

Soy consciente de la existencia de mi familia, más allá de cualquier lazo, más allá de la distancia. Fui consciente de ello en ese momento, también. La relación Marga-Fabián no pasaría de instantes aislados, compartidos, pero efímeros. Lo sabía entonces, lo supe siempre. Me hubiera gustado tener valor para hacer de ella algo diferente. No lo tuve. Él tampoco lo tuvo, o no quiso tenerlo.

- Marga… Nunca hablé de después. Yo no te pedí nada… ¿Qué sentís, “ahora”, no “después”?

Siempre fue tan claro para todo. Tan capaz de aceptar lo que la vida le daba (o no aceptarlo) pero sin “peros”. Lo contrario de mí, que evaluaba cada pequeño detalle y permanecía paralizada, cortándome cualquier avance. Aunque, sin que sea un justificativo para mí, el “ahora” se podía vivir de esa manera cuando se era tan joven como él, tan lleno de futuros, de caminos. Yo… finalmente, me permití ceder. Tal vez, por esa imagen que añoraba de mí misma; tal vez, por el cansancio de preguntarme siempre. Me embarqué en la aventura de mis sueños. En sus brazos bronceados de corsario. En sus ojos gitanos, tan profundos y cómplices. En su sonrisa dulce, sugerente… “Después”, me dije, “… quién sabrá qué hay después”...

ROXANA LAURA RONQUILLO

miércoles, 7 de abril de 2010

Con ojos de niño

La casa de mis abuelos tenía un pasillo interminable. Al menos, eso veía a mis siete años: un largo pasillo de mosaicos opacos. Amarillos unos, color terracota otros; alternados como un gran tablero de ajedrez.
Las paredes que lo flanqueaban eran altísimas y culminaban en la terraza. De un lado, la de mis abuelos; del otro, la del vecino.
Cada domingo, al entrar, distinguía sólo eso: puerta verde, pasillo, paredes y cielo. Detrás, sí, la casa, las plantas de la abuela, la hamaca al fondo, la perra Lilí... Pero el protagonismo absoluto del pasillo lo convirtió en rayuela. Transformó a las paredes en gigantescos muros para escalar. Y fueron cancha de fútbol. Y oyeron los secretos y travesuras de seis primos tan distintos entre sí que se volvían complementarios para armar el equipo perfecto.
Más allá del lugar y los juegos, algo atraía mi atención. Una pavada. Dos manchas perfectamente circulares en uno de los mosaicos. Quién sabe si ya desde la niñez la fantasía ocupó un lugar importante en mi vida. O tal vez fue resultado de la búsqueda de una magia que no me era posible encontrar en un mundo demasiado real...
Eran tan perfectas que no podían ser resultado de una casualidad. Las examiné una y muchas veces más. No eran de pintura, sino más bien dos círculos descoloridos, como si alguien se hubiera tomado el trabajo de frotar reiteradamente sobre el piso hasta desgastar su superficie. Las dos del mismo diámetro, casi pegadas una junto a la otra.
Claro que podía haber preguntado; si no fuera porque cada vez que preguntaba algo, nadie me tomaba en serio y jamás conseguía respuestas satisfactorias. O quizás, porque prefería la aventura de la imaginación, a una explicación racional que terminara con el misterio.
Así, las manchas se convirtieron cada domingo en objeto de estudio y obsesión.
Ahí me esperaban siempre, dos círculos perfectos, desgastados sobre el mosaico oscuro.
Imaginaba figuras sobre ellos. Caras, monedas, globos, ruedas, cada vez más perfectas, más sofisticadas, más exóticas.
Hasta aquel día fatídico. Domingo igual a todos. Subir al auto. Viaje hasta Ciudadela. Bajar del auto. Tres timbrazos para que supieran que "el tío Héctor y los primos llegaron". La puerta verde abriéndose... En lugar del pasillo de mosaicos, un laberinto de escombros, materiales de construcción y objetos varios, nos verían entrar. Una remodelación de la casa puso todo "patas para arriba"...
Busqué mi mosaico de las manchas, pero quién sabe adónde habría ido a parar. No pregunté, tampoco. Porque cada vez que preguntaba algo, nadie me tomaba en serio. Y jamás conseguía respuestas satisfactorias.
Entre los dos paredones gigantescos, el cielo se abría entre mis ojos...
Y aquella nube se parecía a tantas cosas...
Una vez, me contaron que, cuando uno las mira fijamente, las nubes se deshacen... Intenté hacerlo... Por supuesto, no pregunté nada...

ROXANA LAURA RONQUILLO

domingo, 4 de abril de 2010

Mañana será mía

Desde que empezó el verano que todos los días es lo mismo: cierro la puerta en el trabajo y comienzo a imaginarla con la anticipación suficiente como para llegar apresurada a la cita de las 14 hs. ¡Bah…! ¡Cita…! Ella me atrae sólo con su recuerdo y yo voy embelesada a contemplarla. Paso, únicamente para comprobar que sigue ahí, esperándome.

Al verla, me invade una impotencia loca de no poder entrar y hacerla mía a la fuerza. O tomarla, disimuladamente, y llevarla conmigo sin que nadie lo note. Cada día es igual. La necesito, sé que la necesito, pero tanto mandato social acumulado, que hay que ser previsor, que no arriesgues, que después te quedás sin nada y dejás de verla tan bonita y te arrepentís… Esperá, pensalo mejor y… no, no puedo. Regreso cabizbaja, jurándome que al día siguiente voy a hacerlo sin pensar en nada.

Ayer la llamé a Ana para pedirle consejo.

- No lo pienses más… - me dijo con su practicidad de siempre.- Si a los cuarenta no te podés dar un gusto… ¿Cuándo?

Y sí. Tiene razón. A los cuarenta surgen inseguridades. Que el paso del tiempo y ese redondeo cruel de cerrar una etapa de tu vida, ese esfuerzo para mantenerte joven, esas ganas de enamorarte, de hacer una locura como lo hacías a los quince años. Indefectiblemente, necesitás algo externo que te haga sentir bonita, otra vez en el ruedo, pero no sos tan arriesgada como a los quince… Evaluás cada paso antes de darlo. Eso sí: sabés exactamente cuál es tu deseo y cómo conseguirlo. Ya no das vueltas y vueltas mirando opciones. Te decís: ¡es esto!... Pero no…

En esta Argentina donde todos hablan de desarrollo sustentable y nadie sabe qué va a pasar mañana, uno se vuelve cauto, precavido, incapaz de llevar a la práctica todos sus deseos.

Y cada día de este enero terrible, mientras el mundo entero debate sobre el cambio climático, y en Europa la gente muere por el frío, y acá, en Latinoamérica giramos convirtiéndonos en pollos al spiedo por el calor… Cada pequeño aumento de temperatura me guía hasta ella. A la necesidad, a la inaccesibilidad, al deseo, al calor, al 253 en Rivadavia que me deja justo en la esquina de mi imposibilidad.

Como siempre, la miro como un niño suspirando ante un juguete caro. Me avergüenza seguir ahí parada, haciendo nada, contemplándola, en pleno centro de Ramos Mejía.

Disimulo, intentando camuflarme entre el resto de la gente en un rincón oscuro de la galería. Distraídamente, reviso el bolso, mientras pienso, evalúo, estudio los pros y los contras, enfrento necesidades con posibilidades…

¿Y si mañana es tarde? ¿Si alguien se me anticipa y llego y un hueco anuncia su partida?

No habrá ninguna igual, no habrá ninguna, como dice el tango. Me desespera, pero no, no soy tan arriesgada. No, no puedo, no puedo.

La miro, sonriendo, con la seguridad del día siguiente.

Mañana, me prometo.

Mañana esa bikini será mía.

ROXANA LAURA RONQUILLO

15/01/2010


viernes, 12 de marzo de 2010

Soliloquio real o imaginado

Las ventanillas de los colectivos son en mi mundo cosas misteriosas. Como en esos viejos laberintos de espejos, lo único que logro ver a través de ellas es una ridícula o soñada imagen de mí misma, vagando entre un recuerdo y una ilusión a futuro.

Sin que los llame, tus ojos llegan volando a pegarse en el vidrio. Y tu boca… tu boca nunca deja solos a tus ojos por demasiado tiempo… Y en un borrón del vidrio comienza a dibujarse tu holograma… Entonces, tu recuerdo se mezcla con el viento y, soplando mi cabello hacia la nuca, me susurra te amos imposibles, jugando misteriosas escondidas. Porque las escondidas son escaparse de los imposibles por un rato, o soñar que no existen, o convertirnos en dioses del Olimpo para inventar el mito del amor que persiste bajo las formas que los dioses le damos.

Y te escondés… en cada rincón, así, en el viento, detrás de alguna puerta, en otros ojos, entre los árboles… Y tu mejor lugar para esconderte es mi peor lugar para encontrarte, porque te llevo tan dentro de mí que no puedo apartarte ni un segundo; cada centímetro de mi cuerpo es una roca en la que buscás cobijo y te quedás a jugar escondidas.

Te llamo, pero no estás. Mañana, me prometo. Ya es mañana y te mando un mensaje, pero estás en la casa de Pablo porque… Lo borro. No estás y punto. Y te echo. Ya no quiero que te escondas en mí. No quiero verte, ni descubrirte, ni presentirte. Te echo bien lejos y detrás de la ventanilla del colectivo comienza a llover.

Te juro que nunca más voy a atenderte. Y que silenciaré el teléfono para no escuchar y tentarme a la respuesta.

Te juro que detrás de las ventanillas sólo veré vidrieras coloridas, pavimentos grises, personas agitadas o semáforos. Que no dejaré que avance tu holograma, ni que tu voz me susurre al oído.

Vas a buscar en todos los lugares conocidos a mi holograma de lágrimas de lluvia. Y no vas a encontrarme. Porque me habré volado con el viento de la ventana abierta.

ROXANA LAURA RONQUILLO


martes, 2 de marzo de 2010

GOLONDRINA


Golondrina odiaba ser un ave de paso.

Quería... Ansiaba desesperadamente aferrarse a algo y quedarse, por fin, quedarse.

Contemplaba los barcos, los puertos, la gente incapaz de estarse quieta.

Admiraba a los árboles añorando ser árbol, echar raíces y ver pasar la vida con la tranquilidad de quien no tiene que huir de un lado a otro.

A Golondrina le enseñaron desde pequeña que para sobrevivir hay que moverse... Pero qué deseo de anclarse para mirar al cielo, la quietud de lo inmenso, la paz de lo infinito...

Después de muchos inviernos, y de incontables territorios recorridos, Golondrina lo vio... Y él también la observó... Y se acercaron... Y Golondrina supo que el amor lleva algo de aferrarse, algo de cielo, de quietud de lo inmenso, de paz de lo infinito y también, algo de vuelo, y algo de estar de paso...


ROXANA LAURA RONQUILLO

jueves, 28 de enero de 2010

PSICOLOGÍA BARATA Y TACO AGUJA


Estamos las cuatro, mirándonos, en esa mesa de café, a la espera de que sea la otra quien rompa el hielo y comience el viejo cuento de lo que me pasó esta semana.

Dos separadas, una soltera, y una casada con un marido infiel buscando pasar la experiencia de su vida con algún jovencito para pagarle con la misma moneda a su esposo.

La gente entra y sale del café. Nosotras seguimos ahí, como en la vida, paralizadas, la escena congelada en ese viejo lugar tranquilo y acogedor. Tres mesas más allá, hay una ocupada por hombres que no están tan mal. Un par de mesas hacia el otro lado, lo mismo. Mientras los ojos se desvían cada tanto, en la conversación irrumpen los hijos, el trabajo, la Argentina... Todo se mueve alrededor nuestro, menos nosotras que continuamos en nuestra postura. Alejandra, la soltera, encontrará mil defectos en cada hombre que se le cruce, para terminar en la cama de su eterno ex-novio con quien la relación jamás avanzará. Mariela, la casada, que de un día para el otro descubrió las siete maravillas que se estaba perdiendo al lado de un marido mujeriego, vago y mal amante. (¿Que cuáles son las siete maravillas?: Afecto, compañía, buen sexo, respeto, diversión, crecimiento y paz). Karina, la primera en descubrir lo de las siete maravillas y gritar ¡Bastaaaa!. Y yo, Juliana, de separación más reciente, moviéndome como una esquizofrénica de las risas a las lágrimas, y de la rabia huracanada a la más pacífica beatitud...

Cómo fuimos a parar a las sandalias, la comodidad del taco chino, y no, yo prefiero las chatitas, es una incógnita. Un tema que salió para esquivarle al bulto, así, literalmente. No hay peor cosa para cuatro damas que de un día para otro se descubrieron solas, y algo excedidas en edad y en peso, que ver lo que vienen tratando de no ver desde hace años.

De pronto, ella entra al lugar y todas las cabezas masculinas giran en ese sentido.

Unos... veintipico... Escueta minifalda con piernas que lo ameritan. Remerita que cae como brisa sobre su torso bronceado. Lentes oscuros que se quita con un movimiento simpático y sensual, a la vez que esboza una sonrisa al mejor estilo Kolynos.

Se escucha algún piropo, algún silbido, alguna guarangada...

- No hay caso... - dice Karina, mirándole los pies - ...los hombres siguen prefiriendo el taco aguja.


Roxana Laura Ronquillo

sábado, 9 de enero de 2010

DESENCUENTROS

Aquella noche regresó a su casa con los ojos brillando y aquel después te llamo en los oídos.
Se duchó, se acostó atreviéndose a soñar y, al día siguiente, se sorprendió sonriéndole al espejo.
Esperó. Un día que se hizo eterno. Dos días, esperanza. Tres días, ansiedad. Cuatro días, miedo. Cinco días, decepción. Seis días, resignación. El séptimo día, luego de haber llorado lo justo y necesario, maldijo a todos los después te llamo.
El décimo día sonó el teléfono... Ella estaba en el tercer día de otro después te llamo...

Roxana Laura Ronquillo