jueves, 19 de marzo de 2009

De "El libro de las sombras"


INTACTO
(Con amor, a las mujeres que se conforman con la sombra de la felicidad)

La botella de perfume importado, allá, en el estante más alto, inalcanzable, en su packaging original… El regalo más costoso que recibió para su cumpleaños… El regalo más costoso, del hombre que ella jamás amó. Exquisito diseño… demasiado exquisito para estar a la altura de las circunstancias. Aroma suave, delicado, persistente… lo que él pretendió de ella, “su” esposa, “su” mujer. Lo malo fue que ella no se amoldó nunca al lugar de lo “suyo”. Pero, negando abismos lograron encontrar al menos un lugar en común, donde no molestarse el uno al otro. Un lugar de silencios propios y rutinas compartidas. De maravillas jamás descubiertas y cotidianeidades sumamente cómodas.
Y la botella de perfume importado absurdamente igual, ilógicamente intacta en el último estante… Ella no quiso contarle que nunca pudo usarla porque otras manos quemaron su piel de porcelana y la hicieron mujer. Quiso confesarle que rompiendo barreras que la cordura impone, otra sonrisa le fabricó otro mundo en donde no existían fragancias importadas porque el olor del otro despertaba pasiones de fuego incontrolable. Sí, el “olor” del otro… no su “aroma”. El sexo y el amor frenéticamente libres allá donde no se puede y, sin embargo, a oscuras, sí se puede todo.
El interior de una mujer es un abismo, un volcán encendido de misterios. El exterior, acaso una fachada donde se permanece acurrucada, tranquila, junto a quien no se ama, soñando con los brazos del hombre que se ama, tan llano, y tan simple, y tan cercano, y tan inaccesible, y tan lejano como el frasco de perfume allá, en el último estante.
Cerró los ojos. Nunca quiso fingirle sentimientos al hombre que dormía a su lado desde hacía treinta años. Sospechó que él lo sabía, o lo intuyó, o lo imaginó… Tal vez, también él eligió la mentira del hacer de cuenta que todo continuaba igual que siempre…
Cuando ella estuvo a punto de decirlo, de dejarlo volar como los sueños, él le regaló el perfume. Y ella calló. Como callaba siempre. Como callaba ahora y para siempre, dejándose acunar en brazos de la muerte, con las mejillas arreboladas de sol, soñando con su amado, y el cuerpo rígido, el packaging intacto, los ojos fijos, ya sin vida, en el perfume importado del estante de arriba…

Roxana Laura Ronquillo
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