domingo, 8 de marzo de 2009


Durante el año 2007, en el Taller Literario trabajamos con consignas basadas en la búsqueda... La búsqueda de un lugar en el mundo, de la belleza, del amor... Una de ellas fue “la búsqueda de la esencia de lo femenino”. Podíamos escribir en cualquier género, pero tomando como base a una persona, su biografía, o diferentes momentos de su vida...
En mi mente se juntaron la idea de que la casa donde vivo perteneció a mis abuelos maternos, con el recuerdo de que la familia de mi abuela estaba formada por sus padres y siete hermanos (ocho con mi abuela incluida), dos varones y seis mujeres. A lo largo de su vida, que fue a la vez dura y alegre, debieron trabajar para poder subsistir y, a la vez, como el mandato social de aquel momento exigía, casarse y tener hijos (y dejar de trabajar para educarlos y dedicarse a ellos). Esta mezcla de situaciones las volvió fuertes y unidas. El lazo de amor se mantuvo a través de las generaciones que las sucedimos (y gracias a ellas). Mujeres a las que les costó tanto aprender a leer y escribir y, sin embargo, lograron educarnos y enseñarnos con la simpleza de la verdad... Esta es a mi criterio la esencia de lo femenino... La fortaleza del alma, la esperanza, la alegría y el amor que se anidan en el corazón de la mujer, y que hacen que su espíritu se mantenga vivo aún después de su muerte....
Acá transcribo el relato...
Feliz Día Internacional de la Mujer...






SEIS MUJERES

Hubo un tiempo en el que los caminos no existían. En el que quien viajaba a dejarse guiar por las manos del destino, podía no volver.
El futuro era remoto e inalcanzable. El paisaje, infinitamente extenso y sin fronteras.
En ese tiempo de idas sin regreso, Leonor De Agosto y Antonio Di Marzo (y no se rían por los apellidos, son los reales de mis bisabuelos) llegaban a Argentina con su pequeño hijo Francisco. Italia quedaba detrás de un océano infranqueable y ya nunca la volverían a ver.
Rondaron por Argentina y Uruguay luchando su presente para, finalmente, detenerse y afincarse en el barrio de Flores, a una cuadra de lo que era el arroyo Maldonado (hoy, Avenida Juan B. Justo al 5800).
A lo largo de esos años en los que la esperanza fue el motor del vivir cotidiano, tuvieron siete hijos más: Cayetano, Romana, Filomena, Francisca, Serafina, Dominga y Eleonor. Poco a poco, estos nombres fueron reemplazados por los apodos que los inmortalizaron en la memoria de sus descendientes (Chicho, Gaetano, Ñata, Mena, Kika, Fina, Chola y Gorda). La mitad, de cabellos oscuros, tez rosada y con los ojos renegridos de Antonio. La otra mitad, rubio-dorados, con la mirada transparente y azul de Leonor. La mayoría, mujeres... Decidiendo, organizando, resolviendo... Fuertes, a costa de cargar sobre sus hombros el peso de la vida... Alegres, para pintar su futuro con brillantes colores... Solidarias, porque en tiempos difíciles uno solo no puede... y el peso compartido se aliviana. Con la esperanza aliándose al esfuerzo para darle a sus sueños raíces y alas.
Aprendieron a fuerza de vivir, y ya desde muy jóvenes comenzaron a trabajar en la fábrica de medias Minué. Una a una. Dejando su lugar a la siguiente al casarse y quedar embarazadas.
Todas tenían en común un carácter enérgico y emprendedor. Y un dialecto propio, “tano-castellanizado”, que fue una especie de código compartido con sonrisas y complicidad.
De las mujeres, Ñata fue la primera en casarse al llegar a los quince años. Y así como una a una ingresaron al mundo laboral, así fueron formando su propia familia, dispersándose entre la Ciudad de Buenos Aires, Hurlingham y Caseros... Aunque los lazos del amor las mantuvieron siempre unidas.
Mena era la divertida, la que arrancaba carcajadas en las fiestas.
Kika, la única que nunca se casó, y la que nunca aprendió ni a leer ni a escribir. Como compensación, tuvo muchos sobrinos que la amaron como hijos. A pesar de su analfabetismo, en la fábrica le otorgaron como distinción a su trayectoria, una medalla y una pulsera que guardó orgullosamente toda su vida.
Fina era la que corría en auxilio de todas en cualquier ocasión.-
Chola, la coqueta, bonita y elegante.
“La Gordita”, la más pequeña, es quien a sus ochenta y tantos, suele traernos durante sus visitas, un poco de las cinco que ya no están.
No es mi intención contar sucesos tristes (¡Que los hubo...!), y no puedo extenderme con el detalle de tantas alegrías. Es que mi casa guarda en sus rincones más de dieciocho mil días de historias y recuerdos...
En el silencio de la noche, crujen sus pisos de madera ajada. En las mañanas vestidas de sol, sus ventanas sonríen a la vida. Sus paredes esconden los secretos y el alma de quienes se fueron en busca de ese cielo merecido, y respiran a diario las emociones de quienes intentamos merecerlo.
A lo largo del tiempo, el hombre quiso facilitar la ida y la vuelta... Y el mundo entero se fue poblando de rutas y caminos... Y los caminos se convirtieron en rotondas que no nos llevan hacia ningún lado... Y buscamos anclarnos, entre risas y abrazos, para mirar un día a nuestro alrededor, sabiendo que ya habremos hecho tanto, que aunque nos marchemos en brazos de los Ángeles, la Vida continúa...

Roxana Laura Ronquillo

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