martes, 1 de septiembre de 2009

UNA... O... LA OTRA...

(La sombra de ser Una... o ser La Otra)

Yo alguna vez fui Una... Y alguna vez fui La Otra... por eso, esto lo escribo desde la piel, desde la mirada de un amigo (amigo, sexo masculino) del Personaje Principal, que, como en estos casos... y por andar de acá para allá... no está presente.

Y realizada esta aclaración... Acá va el cuento:

Una es una bella mujer. Todas las mujeres son bellas. Pero La Otra es diferente. Y todo lo diferente suele ser más atractivo que lo bello.
No quiero con esto justificar a mi amigo Camilo, pero reconozcamos que todos sabemos lo que se siente por La Otra.
Una es dueña de una casa con todo lo que la casa contiene. Y atender las cosas que posee mantiene a Una ocupada todo el día. A veces, poseer nos hace esclavos. Una me dijo que cansa verse convertida en esclava de su casa, de su marido, de los tiempos de los demás y de todo lo que "debe" cuidar porque es "suyo".
La Otra sólo se tiene a sí misma. Y da. Lo da todo como solamente pueden hacerlo los que no poseen nada más que a sí mismos.
Una ama y exige que la amen por igual. La Otra da amor. Sabe que el amor no puede forzarse, ni tampoco exigirse... que el amor es algo que sólo puede darse...
Una siempre está rodeada de amistades. Porque soy su amigo, me confesó que la harta hacer todo como todos le aconsejamos que debe hacerse. Que la invaden las ganas de revolear nuestras opiniones por la ventana de su casa junto con todo el resto de sus cosas, para hacer lo que se le da la gana. Pero, en el fondo, tal vez por comodidad, nunca la vi revolear nada.
La Otra... es bastante solitaria. Los hombres jamás la vimos con mirada de amigo, y las mujeres creo que sienten por ella una mezcla ambigua de celos, rivalidad y deseos de ocupar su lugar.
Desde pequeño, Camilo fue muy reservado con sus sentimientos y emociones. Aunque todos supimos, o adivinamos, o creímos saber lo que le pasaba con Una y con La Otra.
Una era su pasado. Y, tal vez, su futuro. Pero La Otra siempre Es su presente.
Una es su mundo, su casa de muñecas, el orgullo de ser alguien frente a todos. La Otra, su alegría de vivir, sus fuerzas, sus deseos, su interior dado vuelta, el orgullo de ser alguien frente a sí mismo.
Una no lo escuchaba, pero con La Otra no necesitaba hablar.
Yo lo entiendo... ¡Quién mejor que yo para eso! Quién tan parecido... La misma circunstancia, tan igual, tan calcada con los mismos recovecos... Ese exacto vaivén que nos traslada de acá para allá, del mundo hacia nosotros, y de nosotros hasta perdernos en el abismo dulce de un cuerpo de mujer...
Frente al ventanal inmenso de su casa, Una espera con la mirada fija en el jardín de la entrada. En un rato, una parte de Camilo llegará, como siempre, en su auto azul. La parte de Camilo que Una espera no llegará, sin embargo. Se ha quedado extraviada entre los paisajes del cuerpo de La Otra. Se ha quedado rodando entre sus labios cálidos y la frescura simple de su risa.
En un cuartucho gris, casi sin nada, sólo consigo misma, La Otra espera con la mirada fija más allá del pequeño cuadrado de su ventana. Más allá de la flor fucsia de su única maceta. Abrazada al fantasma invisible de la parte que le dejó Camilo.
Lo que La Otra espera tampoco llegará. Estará más allá del ventanal inmenso, cómodamente instalado entre sus cosas, haciendo lo que debe hacer, inventando una reforma, buscando algún arreglo, alguna ocupación que lo mantenga entretenido, para esconder el miedo que le genera el deseo de salir corriendo a entregarse a sus brazos.
Y yo... también espero...
Espero que Camilo se decida a hacer lo que siente... Porque conmigo, a solas, entre mis brazos, Una es capaz de ser La Otra.
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