miércoles, 7 de abril de 2010

Con ojos de niño

La casa de mis abuelos tenía un pasillo interminable. Al menos, eso veía a mis siete años: un largo pasillo de mosaicos opacos. Amarillos unos, color terracota otros; alternados como un gran tablero de ajedrez.
Las paredes que lo flanqueaban eran altísimas y culminaban en la terraza. De un lado, la de mis abuelos; del otro, la del vecino.
Cada domingo, al entrar, distinguía sólo eso: puerta verde, pasillo, paredes y cielo. Detrás, sí, la casa, las plantas de la abuela, la hamaca al fondo, la perra Lilí... Pero el protagonismo absoluto del pasillo lo convirtió en rayuela. Transformó a las paredes en gigantescos muros para escalar. Y fueron cancha de fútbol. Y oyeron los secretos y travesuras de seis primos tan distintos entre sí que se volvían complementarios para armar el equipo perfecto.
Más allá del lugar y los juegos, algo atraía mi atención. Una pavada. Dos manchas perfectamente circulares en uno de los mosaicos. Quién sabe si ya desde la niñez la fantasía ocupó un lugar importante en mi vida. O tal vez fue resultado de la búsqueda de una magia que no me era posible encontrar en un mundo demasiado real...
Eran tan perfectas que no podían ser resultado de una casualidad. Las examiné una y muchas veces más. No eran de pintura, sino más bien dos círculos descoloridos, como si alguien se hubiera tomado el trabajo de frotar reiteradamente sobre el piso hasta desgastar su superficie. Las dos del mismo diámetro, casi pegadas una junto a la otra.
Claro que podía haber preguntado; si no fuera porque cada vez que preguntaba algo, nadie me tomaba en serio y jamás conseguía respuestas satisfactorias. O quizás, porque prefería la aventura de la imaginación, a una explicación racional que terminara con el misterio.
Así, las manchas se convirtieron cada domingo en objeto de estudio y obsesión.
Ahí me esperaban siempre, dos círculos perfectos, desgastados sobre el mosaico oscuro.
Imaginaba figuras sobre ellos. Caras, monedas, globos, ruedas, cada vez más perfectas, más sofisticadas, más exóticas.
Hasta aquel día fatídico. Domingo igual a todos. Subir al auto. Viaje hasta Ciudadela. Bajar del auto. Tres timbrazos para que supieran que "el tío Héctor y los primos llegaron". La puerta verde abriéndose... En lugar del pasillo de mosaicos, un laberinto de escombros, materiales de construcción y objetos varios, nos verían entrar. Una remodelación de la casa puso todo "patas para arriba"...
Busqué mi mosaico de las manchas, pero quién sabe adónde habría ido a parar. No pregunté, tampoco. Porque cada vez que preguntaba algo, nadie me tomaba en serio. Y jamás conseguía respuestas satisfactorias.
Entre los dos paredones gigantescos, el cielo se abría entre mis ojos...
Y aquella nube se parecía a tantas cosas...
Una vez, me contaron que, cuando uno las mira fijamente, las nubes se deshacen... Intenté hacerlo... Por supuesto, no pregunté nada...

ROXANA LAURA RONQUILLO
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