lunes, 29 de agosto de 2011


Se silenció la calle.
Se silenció el camino.
Las sombras y las luces,
la postal y el destino,
el futuro y el viaje eterno
de la vida y la muerte
y la vida y la muerte
y la vida...

El grito desgarrado y silencioso,
resentimiento loco,
y la vieja impotencia desbordada
de la palabra ahogada
en la injusticia.

El conformismo absurdo, resignado...
La proliferación de los sobornos
para comprar tantas indignidades...
Y los ojos perdidos,
como se van perdiendo
al fin,
todas las vidas,
cayendo una tras otra
a algún abismo viejo,
a algún hueco del alma,
cuando se trata de esquivar los huecos
donde ya se olvidó que existía un alma.

Hay tanto por decir
muriéndose en el pecho,
cerrado como un puño en la garganta...
Porque aprendemos a callar...
De chicos,
y a los golpes
nos enseñaron el valor del silencio
y el riesgo que se esconde en la palabra...

Mirando desde arriba,
con zancos fabricados de poder y arrogancia
nos enseñaron la burla,
la piedad-lástima,
la no-ayuda de arrrojarnos las migas
del mantel
mientras, sentados a la mesa del progreso,
se jactan de saber la importancia
del pacto y el acuerdo...
nos muestran la grandeza
de estrecharse la mano
en lugar de meter una trompada,
y no importa si la mano está sucia
de corrupción, mentira,
y no importan sus ojos traidores y vacíos
con brillo cruel-plateado de navaja,
los bolsillos profundos
con regalos siniestros
que cobrarán más tarde -si hace falta-

Y ahí nos clavan sus ojos.
Y así mienten...
Te ofrecen dos opciones:
la muerte en el silencio nuevamente
o la cárcel
de la vida enlatada.

ROXANA LAURA RONQUILLO
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