sábado, 22 de mayo de 2010

MÁS ALLÁ...

(Y bué... yo también me sumé a "la onda bicentenario"... Ahí va el relato)


Conozco cada pequeño rincón de la casa. Cada escondite secreto, sus sonidos, las luces y todas sus oscuridades...
Conozco ese movimiento en la cocina. Invitados. Cuando hay invitados, las voces van y vienen, agitadas. Las sartenes golpean y hasta el agua de las cacerolas parece protestar desde su hervor.
En los días tranquilos, las ollas y sartenes golpean suave, rítmicamente, como las manos de los negros sobre los tambores. El aire vibra en los días tranquilos. Las voces suenan como cantos de misa, y ríen, porque cada segundo es suyo.
Hoy sí, hay invitados. Hay unas manos deshuesando el pollo, apresuradas, y ese aroma a cebolla para muchos.
Todo está encendido, hasta las mejillas de mi negra se encienden como el fuego.
Hasta a mí, acostumbrada a mi eterno frío, me llega aquella calidez de la cocina.
Y mi negra se enoja porque los días de invitados todo se empeña en querer salir mal, pero ella lo resuelve; manda, dirige y hace, en aquella, su propia, reducida gobernación de la inmensa cocina.
Entonces, el José trae las verduras y las mejillas de mi negra se encienden diferente. Sonríe, y sus dientes brillan, y sus ojos brillan, y todo en ella se transforma en un resplandor de sol al mediodía.
Hay poco tiempo... La sombra de José se pierde entre los tilos, a lo lejos. Ya todo suena solo y baila solo, un aroma dulce envuelve los sentidos, mientras se forma la rueda.
El aire es ahora risas y chimentos, y consejos, y blancura de enaguas ya sin prisas.
La negra cuenta... Cuenta de amores de generales y damas, de batallas terribles, de esa niña que se internó en un convento porque la querían casar con un general más viejo que el tiempo...
Me acerco a la rueda. Ya no tengo que espiar tras las cortinas. Ya no me llaman para prepararme porque los invitados...
La negra me presiente, pero calla mi historia porque mi historia es triste y nunca hay que estar triste en la cocina.
Los perros ladran más allá del portón de la entrada... Comienzan a llegar...
Voy a espiar, a ver quién es el primero. Voy a volar con las hojas doradas de los paraísos, mientras las negras prueban, a escondidas, los manjares prohibidos.
Ya llegan pero nadie me pide que me comporte como una señorita.
Una vez, les grité que cuando comenzaba su reunión aburrida, la verdadera fiesta había terminado.
La negra se rió mucho en la cocina, en el resto de la casa todos hablaron de "la niña rebelde" y me prohibieron hablar en las siguientes reuniones. Pero no me importó. Yo ya había dicho lo que quería decir.
Ahora no hablo, ni me río, ni siquiera soy la niña rebelde.
Todos llegaron. Yo debo irme. Más allá no existen estas reuniones. Más allá uno pertenece a todas las cosas y todas las cosas pertenecen a uno.
Sólo mi negra nota que me voy. Que regreso a mi tierra de fantasmas...

ROXANA LAURA RONQUILLO
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