miércoles, 23 de junio de 2010

VACÍO...



Julián se tiró en la cama y fijó su vista en el techo.
La recordaba sobre él. Su tibieza... Las curvas de su cuerpo, que tantas veces recorrió maravillado por su fragilidad y su fuerza...
¿Por qué no le sacó ninguna foto? ¿Por qué no la obligó a dejarse explorar por la cámara para guardar su imagen tan vívida como entonces, y poder contemplarla ahora, que sobre él sólo estaba el vacío?
Toda la casa era un gran recuerdo, una gran fotografía suya. Ella sonriendo, buscándolo, besándolo, vistiéndose. Ella, pura luz en su sonrisa, y sombra sigilosa y sensual en la penumbra de su amor escondido.
¿Por qué no le dijo que la amaba? ¿Por qué no la retuvo al despedirse? ¿Por qué le duele tanto el hueco que dejó su cintura entre sus manos?
¿Por qué no quiso atarse para siempre a su cuerpo, y ahora se moría atándose para siempre a su sombra?
Sus manos de rey Midas convertían en ella todo lo que tocaba. Hasta lo más trivial, lo más pequeño, le mostraba la helada tristeza de su falta.
¿Por qué ese miedo a pedirle "no te vayas" y ahora el miedo atroz de saberse tan solo, tan sin ella, tan silencio, tan nada?
¿Y por qué no se animó a decirle cuando aún estaba a tiempo, que lo suyo no era egoísmo sino miedo?
Julián vagó por la casa como suelen hacerlo los fantasmas que buscan un hálito de vida, dónde aferrarse para sentirse vivos.
Dio mil vueltas, sabiendo que ya no habría preguntas y ya no habría respuestas... que esta vez, por no sentirse así, desnudo, vulnerable, por temor a perderse si se entregaba con la fuerza con que lo sentía, por no dejar que ella lo guiara a través de las oscuridades de su propio interior... por el miedo a perder si se jugaba... al final... esta vez... había perdido.

ROXANA LAURA RONQUILLO
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